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LA PARADOJA RURAL GALLEGA: Una crítica al modelo económico rural

Importamos castaña para exportarla procesada, mientras en nuestros sotos el producto se pudre por no tener la capacidad de recogerlo. Tenemos suficientes tierras agrarias abandonadas como para sembrar todo el trigo que importamos para abastecer el consumo de pan que tenemos en Galicia. Algo va mal.


No es un problema de recursos. ¿Será un problema del modelo económico del rural gallego?


Para entender la paradoja rural gallega, el abandono del rural y sus consecuencias, es necesario echar un vistazo a los datos de la contradicción que asfixia al sector agroalimentario gallego.


La paradoja rural gallega: los datos de la contradicción


Galicia produce cada año alrededor de 20.000 toneladas de castaña. Es la comunidad líder en España, con la mitad de toda la producción estatal, más de 50.000 hectáreas de castaños y 81 variedades propias catalogadas. El sector mueve más de 70 millones de euros al año y vende a más de 30 países, desde Suiza hasta Japón.


Y aun así, la industria gallega importa alrededor de 10.000 toneladas al año, principalmente de Portugal, para poder funcionar. No porque no haya castaña en Galicia. Sino porque en los "soutos gallegos" quedan sin recoger, en años de buena cosecha, alrededor de 70 millones de kilos que se pudren en el suelo o se los comen los jabalíes. Cerca de 100 millones de euros que el rural gallego deja escapar cada año.


Fogaza de pan galego

El pan cuenta otra versión de la misma historia. En Galicia se consumen alrededor de 80 gramos de pan por persona y día. Con 2,7 millones de habitantes, eso equivale a cerca de 78.800 toneladas de pan al año, lo que requiere aproximadamente 73.600 toneladas de trigo. Para producirlo harían falta entre 15.000 y 25.000 hectáreas, según el rendimiento agrícola. Galicia tiene alrededor de 300.000 hectáreas de tierra agrícola en desuso o baldía. Es decir, entre el 5% y el 8% de esa tierra abandonada sería suficiente para producir todo el trigo que necesitamos para el pan que comemos. Y aun así, las panaderías gallegas importan miles de toneladas de harina de fuera.


Tierra que no produce. Industria que importa. Dejamos de lado el producto local gallego de calidad en favor de harinas foráneas, rompiendo cualquier opción de soberanía alimentaria en Galicia.

El orden equivocado


El modelo actual mide el éxito en cifras, en toneladas exportadas. Cuanto más se exporta, mejor funciona el sector. Esa parece ser la lógica que guía las políticas, las inversiones y los incentivos.


Pero la lógica debería ser la inversa.


Primero cubrir el consumo interno sin depender del exterior y solo después, con los excedentes reales, exportar. Si invertimos este orden lógico, el territorio trabaja para fuera antes de trabajar para sí mismo. La industria crece a una escala que el propio territorio no puede alimentar, y para sostenerse necesita importar lo que podría producir. El resultado es un sistema que exporta lo que no tiene e importa lo que tiene.


No es una paradoja accidental. Es la consecuencia directa de poner la exportación en el centro antes de resolver el abastecimiento propio.


¿Por qué llegamos aquí?


No hubo un villano. Hubo una lógica de escala que se aplicó sin preguntarse si encajaba con el territorio.


La industria transformadora gallega creció buscando volumen y precio bajo. Para conseguirlo, necesitó importar. Y al importar, consolidó un modelo que hace imposible que la producción local sea competitiva.


En el caso de la castaña, uno de los problemas es recoger en terreno con pendiente —cuesta caro—, la mano de obra desapareció a causa del vaciamiento rural, y el minifundio fragmenta los soutos en parcelas diminutas que disparan el coste logístico hasta hacerlo inviable. En el caso del trigo, fue la cadena de transformación local: molinos y pequeñas harineras de proximidad desaparecieron porque el modelo industrial no los necesitaba. Era más barato traer la harina de fuera.


Y mientras tanto, el rural gallego lleva décadas vaciándose. Las personas que conocían los soutos, que sabían cuándo y cómo recoger, que cultivaban cereal y lo llevaban al molino de la parroquia, se fueron o envejecieron sin relevo.


Sin población es imposible frenar el abandono de la tierra gallega. El problema no es la falta de calidad, sino la falta de una estrategia de desarrollo rural que haga rentable el trabajo en nuestras aldeas.


Lo que esto cuesta de verdad


Hay un número que no aparece en ningún informe de exportación: el coste del vaciamiento.


Un euro gastado por un gallego comprando castaña gallega o pan hecho con harina gallega circula en Galicia. Genera empleo en Galicia. Vuelve como impuesto municipal, como consumo en la tienda de al lado, como razón para que alguien no se marche. El dinero de la exportación recorre una cadena larga de logística y distribución donde la mayor parte del valor se queda fuera.


Eso no aparece en las estadísticas de exportación. Pero aparece en el número de casas deshabitadas, en las escuelas rurales que se vacían, en los servicios que desaparecieron porque ya no había masa crítica para sostenerlos.


Exportar antes de abastecer el mercado propio no es éxito. Es la señal de que algo está mal calibrado desde el principio.


Invertir el orden, desde dentro


Existe otro camino. Y no hay que inventarlo. Está en manos de la gente que ya trabaja en el territorio, sin ayudas, con conocimiento real, sosteniendo lo que queda.


La propuesta no es compleja. En vez de una gran planta transformadora que necesita miles de toneladas para ser rentable, pequeñas plantas comunales distribuidas por las zonas de producción. Cada una trabaja con lo que tiene a su alrededor, en un radio corto. Comparten marca, certificaciones sanitarias en la medida de lo posible y canales de venta. Producen a escala local y venden primero en su entorno inmediato. El mismo principio para el trigo: no hace falta una gran harinera centralizada, hace falta recuperar y modernizar instalaciones de transformación vinculadas al territorio, con acceso garantizado a panaderías, restauración y compra pública local.


Castañas asadas sobre cociña de leña galega

Pero lo más importante no es la infraestructura. Es lo que produce.


Cuando el mercado local es la base, la ecuación cambia por completo. Se genera empleo estable, no jornadas de temporeros. Porque cuando la gente vive en el propio territorio, puede trabajar en diferentes productos a lo largo del año. La castaña en otoño, la miel en verano, las conservas en invierno, las plantas aromáticas en primavera. No hace falta desplazarse. No hace falta depender de una sola cosecha. La diversidad productiva del territorio se convierte en un calendario de trabajo anual para quien vive en él. Eso no es posible desde fuera. Solo funciona si hay gente asentada, con un modelo basado en la economía de proximidad y en el consumo local sostenible.


Y si la producción supera el consumo local, ese excedente se convierte en un extra de valor real. No en una dependencia, no en un problema de precios, sino en un recurso que se exporta desde la fortaleza, no desde la necesidad.


Porque el problema no es solo el orden de las prioridades. Es también la escala. El sistema de exportación ya creado necesita alto volumen de transformación, y ese volumen requiere extensiones de terreno que en breve serán atendidas por un par de drones o robots. Un modelo que empieza sin personas y termina sin personas.


La economía no son solo cifras de exportación. Es también tener calidad de vida, empleo digno, y poder habitar el territorio con dignidad. Un territorio vivo no es el que más exporta. Es el que más gente sostiene.


Pero o máis importante non é a infraestrutura. É o que produce.


Los cambios necesarios, con quien sabe


Ninguna transformación funciona si se diseña desde fuera del territorio y se impone sobre él.


Tenemos la tierra. Tenemos el conocimiento. Tenemos la gente que, a pesar de todo, sigue trabajando en él.

La gente que hoy trabaja en el rural gallego sin ayudas, que mantiene los soutos, que amasa el pan cada madrugada, que conoce la tierra y sus ciclos, no es el objeto de una política. Es el punto de partida de cualquier solución real.


Lo más importante es unirse en proyectos realistas, que permitan trabajar y vivir sin depender de ayudas ni de decisiones que se toman lejos. Proyectos que empiecen con lo que hay, que crezcan con lo que se produce, y que se sostengan por la lógica del mercado próximo, no por la lógica de la subvención.


Los gobiernos pueden ayudar. Simplificar la burocracia sanitaria para plantas pequeñas, aplicar criterios de proximidad en la compra pública, y medir el éxito rural no en toneladas de producto transformado exportadas sino en producción propia para consumo local, en cuánto de lo que comemos aquí viene de aquí. Si esas medidas llegan, bienvenidas sean.


Lo que nos falta no es capacidad. Es la decisión de poner lo de aquí en el centro, abastecer primero lo nuestro, y solo después mirar hacia fuera con lo que sobra.

Cuando ese orden se invierte, todo lo demás tiene sentido. El empleo se queda. La gente se queda. El territorio vive.


¿Vamos a por ello?


1 comentario


Invitado
hace 3 horas

Concordo totalmente , pero para mudar iste modelo de produccion agroindustrial basado na exportacion do que nom temos, fai falta frenar o abandonismo politico ,social , cultural e medioambiental que sufrimos dende a entrada na UE,..

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