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EL ESPEJO ROTO: Soberanía creativa y regeneración territorial

Criticamos que la moda sea la misma en Tokio que en Berlín, que los centros históricos de todas las ciudades huelan a lo mismo, que la arquitectura haya perdido el acento. Nos indigna que la gentrificación arrase barrios con siglos de identidad para convertirlos en decorado turístico. Nos preocupa la gastrificación, ese proceso que sustituye la cocina local y auténtica por platos prefabricados, homogéneos y diseñados para ser instagrameables.


Arquitectura contemporánea homogénea
Arquitectura contemporánea homogénea

Y, sin embargo, en cuanto alguien quiere hacer algo que beneficia al territorio, como un proyecto cultural, una iniciativa sostenible, un programa comunitario, lo primero que hace es mirar hacia fuera. A ver qué están haciendo en Dinamarca, o en Colombia, o en Japón.


Ahí está la contradicción que nadie quiere nombrar, el ignorar que la soberanía creativa y la regeneración territorial no se importan, sino que se cultivan desde el arraigo y la escucha.


La trampa de las buenas prácticas en la gestión cultural


Existe una serie documental que se llama Hope!. Recorre el mundo mostrando iniciativas que funcionan. Proyectos de economía circular en el norte de Europa, comunidades autogestionadas en América Latina, modelos de agricultura regenerativa en Asia. Está muy bien hecha. Es inspiradora. Y genera exactamente el problema que denuncia sin saberlo.


Porque los que la ven, técnicos de cultura, gestores de fondos europeos, políticos con buenas intenciones, salen de esa pantalla con los ojos brillantes y una pregunta equivocada: ¿cómo replicamos esto aquí?


Cuando la pregunta correcta sería otra: ¿qué está pasando ya en nuestro propio territorio que no estamos viendo?


Innovación desde el territorio: Las algas en Galicia


He vivido muchos años en Latinoamérica. He visto cómo proyectos financiados con entusiasmo y metodologías importadas de Europa fracasaban no por falta de recursos, sino por falta de escucha. Porque llegaban con un modelo ya cerrado. Porque asumían que si funcionó en Ámsterdam, funcionaría también en Latacunga o en el Bierzo.


Ahora estoy de vuelta en Galicia. Y veo lo mismo desde el otro lado. Iniciativas rurales, colectivos de cultura viva, proyectos de soberanía alimentaria que llevan años funcionando en silencio, sin hashtag, sin aparecer en ninguna serie documental. Gente que conoce su territorio porque lo ha pisado, lo ha heredado, lo ha discutido en asamblea. Que no necesita importar un modelo porque ya tiene uno, construido desde dentro.


En los últimos años están surgiendo por todo el mundo proyectos que utilizan algas para elaborar biomateriales para envases biodegradables, textiles o sustitutos del plástico. Una tendencia en auge con casos llamativos en distintos países. En Galicia, con 1.500km de costa y un problema con la cantidad de algas que llegan a ella, lo lógico sería replicarlo.


Pero aquí la tradición se ha impuesto sobre la moda. Las algas en Galicia llevan siglos siendo parte del paisaje agrario. Los agricultores costeros las usaban como abono, el llamado varec o sergo, conocimiento común mucho antes de que existiera ningún laboratorio de biomateriales.


Y hoy, una oceanógrafa de Portas llamada Elena Fontán fundó Orixe Salgada, una empresa que recoge algas de arribazón (esas que los municipios retiran de las playas como residuo) y las transforma en bioestimulantes para viñedos. Un producto que ya usan bodegas de las Rías Baixas y La Rioja. Desarrollado sin copiar tendencias externas, sino escuchando a las mariscadoras que no sabían qué hacer con las algas, y a los viticultores que buscaban alternativas a los fitosanitarios.


algas en las costas gallegas - Orixe Salgada
Foto cedida por Orixe Salgada

La solución no vino de ningún laboratorio de diseño nórdico. Vino de Cambados para beneficiar al propio territorio.


¿Qué es la verdadera “glocalización” en proyectos sociales?


No digo que mirar hacia fuera sea malo. El problema es la ilusión de que algo que funcionó en un contexto determinado puede trasplantarse a otro como si los contextos no importaran. La verdadera “glocalización” no consiste en importar soluciones, sino en dejar que la inspiración global se trabaje desde el corazón de lo local.


Un proyecto del y para el territorio no es una aplicación móvil. No se escala. No se replica. Porque lo que lo hace funcionar no es el modelo, sino la gente que lo sostiene, la historia que lo precede y el territorio que lo alimenta. La motivación no se importa. El tejido comunitario no se exporta en PDF.


Cuando alguien en una aldea gallega o en una comunidad ecuatoriana intenta aplicar el modelo de cooperativa cultural de Bolonia, no está adaptando una buena práctica, está ignorando que en su propia comarca hay décadas de saber hacer, de fracasos aprendidos, de relaciones de confianza que ningún manual externo puede replicar.


No es el sistema, somos nosotros


Las ayudas europeas no son el villano de esta historia. Muchos programas como FEDER, LEADER y otros proyectos de cooperación territorial suelen exigir explícitamente trabajo con la comunidad local, diagnóstico participativo, arraigo territorial. El marco, en muchos casos, está bien pensado.


El problema está en cómo algunos gestores y actores culturales se relacionan con ese marco. En vez de tomarse el tiempo necesario para socializar el proyecto con la comunidad en la que van a trabajar, realizando trabajos de escucha, de entender qué existe ya, qué se necesita realmente, llegan con el modelo bajo el brazo y lo intentan meter a calzador.


La diferencia no es de financiación. Es de actitud. Se basa en si llegas a un territorio como experto que viene a aplicar una solución, o como alguien que viene a aprender primero.


Reunión técnica en la comunidad kichwa de Añangu, en el corazón del Yasuní, Ecuador.
Trabajo de urbanismo comunitario en la comunidad Kichwa de Añangu en Yasuní, Ecuador

En Ecuador tuve la suerte de trabajar con la Fundación Verde Milenio, una pequeña organización que entendía esto muy bien, en colaboración con la Universidad de Nebraska-Lincoln. Además de gestionar proyectos como el del Napo Cultural Center, donde actuábamos como mediadores interculturales, como un puente entre las comunidades donde trabajábamos y los expertos que llegaban de otros países para colaborar. No porque los expertos fueran malos, sino porque sin ese puente, sin alguien que tradujera no el idioma sino el contexto, las dinámicas, la historia, esos proyectos bien intencionados podrían hacer más daño que bien.


Investigar hacia adentro


Lo que falta no es más inspiración externa. Lo que falta es investigación interna.


Conocer el territorio propio. Sus recursos, sus conflictos, su historia. Quién vive ahí y por qué. Qué se perdió y qué sobrevivió. Qué iniciativas ya existen aunque no tengan nombre bonito ni financiación. Qué sabe la gente mayor que nadie ha preguntado. Qué quieren los jóvenes que nadie ha escuchado. Sin caer en lo típico, en lo obvio ni en lo esperado.


Eso requiere tiempo. Requiere humildad. Requiere aceptar que el conocimiento más valioso para un proyecto cultural en la Costa da Morte no está en Ámsterdam ni en Medellín, está en la propia Costa da Morte.


Hay quienes ya lo están haciendo. La Fundación Paideia lleva décadas trabajando el desarrollo territorial desde dentro, y su programa Territorio Emprende es un buen ejemplo de lo que significa invertir el proceso. No se trata de traer modelos externos y buscar quién los aplique, sino de identificar a las personas del propio territorio que ya tienen iniciativa y ganas de transformar su entorno, y acompañarlas. El punto de partida es la gente de aquí, no la metodología de allá.


No somos todos iguales. No vivimos las mismas condiciones. No tenemos los mismos recursos, los mismos miedos, las mismas memorias. Y eso no es un problema a superar, es el punto de partida de cualquier proyecto que quiera durar.


La paradoja


Queremos defender la identidad territorial frente a la globalización. Y al mismo tiempo seguimos buscando en el mapa del mundo el modelo que nos diga cómo defenderla.


Quizá el primer acto de resistencia cultural no sea mirar a Dinamarca. Quizá sea, sencillamente, mirar a nuestro alrededor.



Este artículo forma parte de una reflexión más amplia sobre cultura, territorio y sostenibilidad real. Si conoces iniciativas que nacen desde el propio territorio, me interesa escucharte.


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